Ponencias de la Escuela Manuel Bartolomé Cossío 2016

Sí puede ser divertido estudiar historia

Hace algunos años, pensar en cómo realizábamos la tarea de enseñar historia nos llevó primero a entender la dificultad que tienen los niños para comprenderla. Gran cantidad de investigaciones afirman que para la comprensión del tiempo histórico se requieren destrezas y capacidades difíciles de adquirir antes de la adolescencia, incluso muchas concluyen que la historia es una materia de estudio que debería aparecer hasta la secundaria. No obstante, como otros pedagogos y muchos investigadores, consideramos que lo importante es encontrar fórmulas metodológicas que muestren a los estudiantes los conceptos de modo que los comprendan con gozo e interés y, hacia el final de la primaria, propiciar que los alumnos perciban y reconozcan las transformaciones sociales, adquieran el gusto por la investigación y apliquen sus conocimientos en la explicación de otros momentos históricos. Nuestro colegiado experimenta con diferentes formas de acercamiento a la materia, a partir del estudio de las constantes de la historia y por medio de actividades procedimentales y lúdicas, para despertar el interés de los niños y desarrollar su gusto por la investigación, la interpretación, el análisis y la representación de su medio inmediato y remoto, lo mismo en tiempo que en espacio. Estudiamos la historia a partir de estas constantes:





De las clases de historia en 5º

Mi afición por las emisiones de corte histórico proveyó mi adolescencia setentera de muchos y muy agradables ratos frente al televisor. Por ejemplo, no me perdí ni uno de los trece capítulos de la memorable miniserie británica Yo, Claudio, realizada en 1976 y basada en la novela homónima de Robert Graves, que leí con avidez mientras seguía la producción de la BBC.



Pero mi favorita era Encuentro de opiniones –originalmente Meeting of Minds, creada, producida y dirigida entre 1977 y 1981 por el ya desaparecido estadounidense Steve Allen–. El programa, pensado y realizado como un debate entre personajes históricos de muy diferentes orígenes, épocas y filiaciones ideológicas, aportó a mi actual ejercicio docente una idea que aún hoy, muchos años después, resulta tan interesante y entretenida para mis alumnos como lo era entonces para mí.

Antes de ser maestra en la Bartolomé, nunca probé echar a andar un proyecto semejante con niños de las escuelas públicas donde trabajé. Simplemente no se me ocurrió. No me permití la libertad de disponer algún tiempo para actividades que no fuesen sesiones donde la maestra dictaba alguna fútil cátedra y los alumnos permanecían tan quietos y callados como les era posible. Pero trabajar en la Bartolo implica aguzar la intuición, la sensibilidad y el ingenio. Cuando llegué aquí hube de ponerme a tono con un ambiente donde la espontaneidad y la creatividad no están reñidas con la responsabilidad y el compromiso.

Y los niños me ayudaron. Luego de una lectura acerca de la Revolución Mexicana que le impresionó vivamente, Ricardo incorporó a la elaboración de su diario una redacción ficticia relacionada con los ideales y la actividad política de algunos personajes revolucionarios. El texto estaba escrito en primera persona y el narrador era nada menos que el convocante a la rebelión del 20 de noviembre de 1910; para leerlo, mi alumno se caracterizó como Francisco I. Madero. No pudo haber mejor oportunidad para echar a andar un proyecto que fue cobrando forma con la marcha y por entonces llamé "Conversaciones con...". Contaba con mi gusto por la historia puesta en boca de sus protagonistas, con mi formación de periodista y, muy especialmente, con la entusiasta actitud de los niños, entre quienes de inmediato prendió la chispa de la propuesta, que se enriqueció con las ideas del grupo. Supuse –y aun supongo– que tal entusiasmo surge del gusto infantil por la actuación y el disfraz, y con toda claridad prefiguré resuelto mi programa de historia. Si bien en cada curso es posible modificar el modo de presentar nuestro "programa televisivo" –pues el género puede ser lo mismo entrevista que reportaje o debate–, sus características básicas son las mismas.

Con niños acostumbrados a formular preguntas, a argumentar y a criticar o felicitar las actitudes de sus pares, en esas sesiones bien podemos ver a Agustín de Iturbide tratando de convencer a Vicente Guerrero de que lo mejor para el recién libertado México era la monarquía criolla, a Santa Anna pavonearse de las veces que el pueblo mexicano le rogó retomar la silla presidencial, o a Victoriano Huerta explicar –cínico y amenazante– que Madero y Pino Suárez "se metieron entre las patas de los caballos" y por eso acabaron asesinados durante la Decena Trágica. Pero traer a la vida a los grandes intérpretes de los hechos históricos y sentarlos a una mesa como panelistas en un estudio de televisión ficticio tiene sus dificultades. Porque la propuesta anima a tantos chicos, que agotar una entrevista, un reportaje o un debate formales resulta muy poco viable.

El primer paso en mi aula es elegir los personajes y a los niños que los interpretarán; luego vienen la selección de las fuentes y la disposición de varias horas de trabajo para preparar la puesta en común que es el "programa". Tengo por seguro que, si se quiere aprender historia, hay que leer. Pero si consideramos que la historia oficial, esa que aparece en los libros de texto, se ha escrito y publicado haciéndola pasar por el tamiz de lo que conviene o no a la clase dirigente del país, se hacen indispensables la consulta de distintas fuentes y la reflexión acerca de las circunstancias y los ideales e intereses que han propiciado que los hombres y mujeres protagonistas de la historia actuasen de una u otra manera.

Desde el 2010, año del bicentenario de la Independencia y centenario de la Revolución, el programa de estudios oficial para 5o. abarca la historia de México desde los primeros años de vida independiente hasta los albores del siglo XXI. Son doscientos y pico de años en los que los golpes de estado y las revueltas y asonadas fueron pan de todos los días; sólo la "paz porfiriana" aplacó a fuerza de represión los ánimos rebeldes hasta el estallamiento de una nueva lucha armada. De modo que la lista de postulantes al gobierno del país convertido en botín es larga y un vistazo a la historia de la época deja la sensación de que en ese toma y daca hay mucho que explicar.

Así que, para abordar el proyecto, el grupo se divide en equipos, denominados según el período histórico que interese a los integrantes: Independencia, Primer Imperio, Intervenciones, Reforma, Segundo Imperio, República restaurada, Porfiriato y Revolución. No siempre en orden cronológico pero sí atendiendo a los antecedentes y consecuencias de cada uno, los equipos así organizados emprenden la investigación del período que escogieron y preparan una lista de los personajes que surgen de este primer acercamiento. Los chicos interesados en participar como panelistas eligen un personaje, explican brevemente los motivos de su interés, amplían su búsqueda, ahora hacia las convicciones y actuación histórica del personaje en cuestión, y presentan los resultados de este trabajo en un texto. Se convoca al resto del grupo a participar del mismo modo con alguno de los personajes que quedaron vacantes y se completa la investigación. Luego se pide a todo el casting que redacte tres preguntas interesantes e indispensables cuya respuesta informe al público –constituido lo mismo por quienes no actúan en el "programa" que por los propios panelistas– las circunstancias y motivaciones de los hechos históricos en que estuvieron involucrados y simultáneamente preparen tales respuestas, con ideas y argumentos convincentes para explicar o al menos justificar su responsabilidad histórica. Por último, según el número de personajes, se decide si la puesta en escena será una entrevista, un reportaje o un debate, y se fija la fecha de la "emisión".

Durante el "programa" se toman fotos, que luego se imprimen. Los actores las colorean y con este material construyen el tramo de la línea del tiempo en que se ubican los procesos y hechos históricos que han estudiado. Sea como parte de la investigación o como corolario del proyecto, solemos hacer una visita de estudio a los museos Nacional de Historia, de las Intervenciones y de la Revolución Mexicana; de ser así, nuestro "programa" constituye el informe que sobre tal visita debemos presentar a la asamblea general; entonces, se integran al equipo de "producción" todos los niños que deseen elaborar carteles y otros materiales gráficos para acompañar la presentación.

Procuramos evitar los monólogos y las divagaciones en detalles poco interesantes, así como las visiones maniqueas en que los personajes son del todo buenos o malos; reflexionamos frecuentemente en que es posible al mismo tiempo comprender y disentir de los argumentos ajenos. Y, en especial, ¡cómo disfrutamos nuestras clases de historia!
Coral Rendón
Maestra del 5° grado
Escuela Manuel Bartolomé Cossío